26 jul. 2010

Relato

"Volvé"



Los mates iban y venían en la cocina, entre conversaciones de adolescentes, que ya ni recuerdo; seguramente estaríamos hablando de sexo, o de mujeres, que al fin y al cabo era lo mismo, para jóvenes con irrefrenables, e incomprensibles para ellas, deseos contenidos, ay, si todo hubiese sido más sencillo, cuantas amarguras hubiéramos evitado, unos y otros. Pero eso aquí, no interesa. Entre esas conversaciones, de algo que se retrasaba en llegar, en una tarde de calor intenso, a la hora de la siesta; la casa resumaba cierta paz, los padres de él dormían bajo el piadoso manto de un ventilador de pie; nosotros íbamos a ir luego a la playa que estaba a unas pocas cuadras, en la villa veraniega; pero volvamos a la paz, que siempre es frágil; esos días había una persona más en la casa, una mujer que tenía una especie de refugio diplomático y marital otorgado por los dueños de casa; en un momento un ruido de portazo, que anunció el fin de la paz que daba la siesta, nos llamó la atención, mi amigo abrió la puerta de la cocina y, la imagen nos sobrecogió, la mujer yacía parada frente a nosotros, mirándonos como una virgen de esa estampas religiosas, que tiene una expresión de dolor inconmensurables, con la mano en la boca, cuando la bajo dejó la descubierto un hilo de sangre que manaba de su bella boca, sus ojos eran un pedido de misericordia eterna; él salió al paso para preguntarle que había pasado, cuando desde la derecha y desde la puerta que daba al pasillo de departamentos, una figura saltó sobre él como una pantera entre los matorrales, arrojándolo sobre una barata mesa decorativa que estaba al costado de la entrada al baño; el hombre lo agarró a Juan del cabello; al instante, salte sobre el intruso, el que rompió esa paz de una tarde de enero, tomándolo del cuello, los tres, y no sé como, terminamos, sin separarnos y bajo insultos de todos y para todos, en la pieza de mi amigo, y en la cama, Juan debajo, el intruso y yo arriba; detrás estaban expectantes la Madre de Juan y la mujer ensangrentada, el padre se sumó a la contienda; logré torcerle el brazo al intruso, casi al punto de dislocárselo, se refrenó por el dolor; Juan salió de abajó y en un ataque de furia y ya contenido el tipo, le pegó dos o tres puñetazos hasta que su padre lo contuvo, el intruso trató de zafarse y volvimos a terminar sobre una cómoda, de la cual volaron todas las cosas que estaban sobre ella, floreros, adornos, etc. El padre le hablaba, mientras yo lo tenía boca abajo en la cómoda, para tranquilizarlo; dijo que sí, que se iba a retirar de la casa, lo llevamos hasta la puerta, todavía con el brazo en llave, el padre abrió la puerta y lo lancé al exterior de un empujón; inmediatamente cerramos la puerta, el ex intruso arremetió nuevamente con furia incontrolable la puerta, mientras tratábamos de que no la abriera, y cerrar con llave y traba, lo logramos, pero él tomaba envión por el pasillo y saltaba sobre la misma; creí que algún momento la reventaría; ante cada sacudón el padre que seguía hablándole para que se fuera, retrocedía. Luego bajó a la calle y desde allá tiraba baldosas a las ventanas del primer piso; vociferando que le devolvieran a “su mujer”, que los vecinos de ahí la habían secuestrado, luego de un rato que pareció interminable, dijo que se iba a la policía a denunciar el secuestro, y se fue.
La mujer habló con la madre de Juan, y le dijo con un aire de terrible tristeza, como no había visto nunca en un rostro, hasta en ese momento, que se marchaba con él; la madre trató de convencerla que no debía volver con ese hombre, que iba a terminar mal, pero ella dijo que no, que no se quedaba... Marchó hacia el cadalso, a las hogueras de un matrimonio demencial, a una vida tortuosa, pudiendo quizás cambiar su vida en ese instante; pero decidió por lo conocido, qué más da, después de todo, quién sabe con que otra cosa se encontraría fuero de eso.
Que nos lleva a ciertas personas a inmolarnos, por causas perdidas...
¿Qué será de esa mujer?

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